Lee un fragmento del primer capítulo de “El Miedo de los Esclavos”

En primicia, por el lanzamiento de “El miedo de los esclavos” de Rebeca Escribano con la editorial Mouse, un fragmento del primer capítulo para ir haciendo boca.

CAPÍTULO 1 – El asesino 

El prisionero llevaba al menos un día en el agujero maloliente y sólido en el que le habían abandonado después de despojarle de sus armas, su dignidad y sus estúpidos designios de libertad. Con el ceño fruncido y sintiéndose como si llevase horas atado bocabajo en el mástil de un barco, acertó a entreabrir ligeramente los ojos.

Era normal que no pudiera ni siquiera tenerse en pie. Era la cuarta vez que se despertaba aquella mañana y se abandonaba de nuevo al limbo, incapaz de mantener el conocimiento. Pero aquel día era diferente. En pocas horas, en casi dos mil parpadeos y un par de instantes, se celebraría el juicio del sucio preso y sus compañeros… aunque ellos no supieran nada de eso y permanecieran en la más triste anhedonia jamás planificada.  

A su alrededor, nada nuevo se presentaba. Las rejas de metal. Los grilletes al otro lado de la pared. Sus compañeros llenos de pulgas que se hurgaban los dientes y se rascaban los testículos, ignorando a los insectos que saltaban por todas partes e invadían el lecho de paja.  

El chico abrió y cerró la boca tratando de empujar algo de saliva a su reseca garganta. Él no lo sabía, pero su aspecto medianamente aseado y su corta edad lo convertían en un cebo perfecto para los ojos de los avariciosos compañeros de prisión con los que aguardaba su hora.

Félix, sin embargo, sí que era consciente de ello. Y ahora se cruzaba de brazos y alzaba despóticamente las cejas al ver cómo aquel chico joven comenzaba a despertarse lentamente de la paliza que había recibido hacía un rato.

Maldito niñato…

Se lo habían entregado los Noboar hacía dos días. Y en esas limitadas cuarenta y ocho horas había dado más guerra y problemas que ningún otro preso en toda la vida laboral de Félix. Al principio intentó explicarles que todo era un error, que tenían que permitir que se fuera y que podría hacerles todo lo ricos que quisieran. Al ver que aquello no funcionaba, el chico pareció desesperarse y pasó directamente a los insultos y las maldiciones y las amenazas.

Sus compañeros de celda se lo pasaron en grande viéndole sacudir inútilmente la puerta de metal, examinar los goznes de las rejas o intentar despegar las medievales y poderosas piedras de la pared para crear un hueco desde el que huir.

Cuando se dio cuenta de que no había forma inteligente y honorable posible de escapar, pasó a la fuerza bruta. Apoyándose en la espalda, embistió con toda la fuerza de la que eran capaces sus piernas contra la puerta de hierro una y otra vez hasta llamar la atención de uno de los guardias. A su alrededor, el resto de los presos lo vitoreaba y animaba a gritos, creyéndole o un loco o un estúpido redentor capaz de abrirles la puerta hasta la libertad.

Cuando la guardia de Albert, el compañero de Félix, entraron para golpear al chico y dejarlo en su sitio, no se esperaron que este embistiera directamente contra ellos, arrancándole de un mordisco un trozo de una oreja a uno y golpeando varias veces a base de un batiburrillo de patadas y puñetazos a cualquiera que intentase mantenerlo en su sitio. Albert le había comentado a Félix que si el chico no estuviese maniatado fácilmente se habría hecho con un arma y les habría matado a todos.

Su pericia golpeando, gritando e intimidando a sus peligrosos compañeros de cárcel le ganó un lugar especial en el rencor de los guardias del Ministerio 23 de Nirkjhe. Todos fueron advertidos de la violencia y la ira con la que reaccionaba aquel joven desconocido. Félix consideró que la mejor forma de ponerlo en su lugar, era meter en su misma celda a varias de las ratas más peligrosas que iban a juzgarse aquel día.

Los hombres, tratando de fingir educación y sobriedad, habían permanecido calmados mientras veían a los soldados cerca. A ningún hombre de Nirkjhe le gustaban los insultos directos. Así que en cuanto vieron que se habían quedado solo, empezaron a hacer bromas a costa del chico y a motivarle a empezar un motín que le diera la libertad.

Lo llamaron Profeta, redentor y paráclito.

Después, al ver que este no reaccionaba y se resentía de la paliza anterior, mareado constantemente, empezaron a amenazar con sodomizarlo, convertirlo en su putita y hacer que cargara por los crímenes por los que los iban a juzgar a ellos.

Todo eran puras risas y bromas en la celda 3. Hasta que el chico pareció tener una revelación de luz y se lanzó de pronto contra el cabecilla de los tres estúpidos que habían osado atacar su honor de esa manera.

Tres no fueron capaces de conseguir dominarlo, y tuvieron que volver a intervenir los soldados, que le lanzaron un cubo de agua helada para conseguir separarlo. Después, Félix, en un alarde de veteranía, entró en la celda y, aprovechándose de que el chico llevaba las manos atadas con una vieja y mugrienta cuerda y lo golpeó varias veces en la sien hasta que este perdió el conocimiento.

Menudo auténtico cretino… fuera lo que fuera, parecía convencido a salir de su celda antes de que llegase el juicio. Por un momento, Félix se planteó si aquel chaval de ojos verdes, rostro inmaculado y la típica belleza de las esculturas clásicas, no sería el que…

Pero… no… ¿cómo podía? Aunque, claramente la descripción de la orden de búsqueda y captura encajaba con sus rasgos.

¿Y si aquel zumbado, aquel adolescente perturbado de la maldita cabeza era el que todos llevaban buscando quince días como locos?

Por eso, Félix decidió alargar su turno.

No se marchó a su casa a recordar a la ausencia de su preciosa mujer ni a dar de comer al pequeño gallinero que tenía detrás de la leñera. No se fue con sus compañeros a la taberna de la esquina a beber y a jugarse a los dados quién haría la siguiente guardia.

No. Porque si había una sola oportunidad, por mínima que fuese, de que aquel chaval demente fuera el hombre que él estaba buscando, entonces se aseguraría de que se hiciese justicia. Fuera como fuera.

El joven, reaccionando a los rayos del sol, pareció irse despertando poco a poco de su retiro. Tomó aire, arrugó la nariz asqueado y miró a su alrededor, percatándose de nuevo de dónde estaba.

-Esto es un error – pareció repetir por décima vez con cansancio – yo no debería estar aquí. No se me debería juzgar así.

– La justicia del Rey es igual para todos sus súbditos estén donde estén – le espetó con odio Félix, cruzándose de brazos y atravesando con la mirada al agotado muchacho – se te juzgará igual que al resto. No eres especial.

 

El chico pareció querer confesar y declarar algo, pero las palabras murieron en su garganta. Bajó la cabeza, clavó los ojos es sus botas y pareció centrarse en exhalar lentamente para calmarse.

– ¿Crees que serán muy duros? – sonrió por última vez, y más pareció un niño asustado que un hombre acusado de atroces crímenes – podrían al menos darme una muerte honrada. En combate o con un hacha… o con…  – y le miró directamente antes de decir – porque no me van a dejar vivir… ¿verdad?

 

Félix frunció de nuevo el ceño y apretó los dientes con fuerza. Había visto al juez hacía pocas horas y todos opinaban lo mismo. El chico era culpable. Todo parecía indicarlo. Y si aquel era el que el soldado llevaba buscando quince días, se merecía la muerte más deshonrosa del mundo, la más miserable y sucia. La más patética que existiese.

– Tu sentencia ya está firmada. No sirve de nada que te lamentes ahora – le espetó con rabia.

El joven lo miró sorprendido antes de sonreír con cansancio, volviendo a mirarse los pies.

– Bueno… no es una sorpresa. Nunca he confiado mucho en la justicia del Rey.

Pareció reírse para sí mismo antes de que un ruido al fondo del pasillo lo hiciera palidecer y abrir los ojos como platos al ver aparecer a dos soldados con grilletes de metal en las manos. Y el muchacho, tragó saliva antes de decidir que era muy tarde para huir y que lo máximo a lo que podría aspirar era a dejar aquel mundo de la forma más honrada posible.

Los guardias abrieron la puerta de la celda y enseñaron sus espadas envainadas a los otros presos para avisarles de lo que pasaría si se movían. Luego miraron directamente al joven y espantado preso, que permanecía recogido en una esquina de la prisión.

El tiempo se dilató. Todo pareció morirse en el interior de la estancia. El chico notaba su corazón golpear violentamente contra su pecho.

BUM BUM

BUM BUM

El soldado le cogió las manos y le puso los grilletes de metal antes de cortarle las cuerdas.

BUM BUM

BUM BUM

El sonido de las cadenas lo levantó de su sitio y le hizo atravesar por primera vez de forma consciente el umbral de la cárcel. Él sabía, que no volvería a hacerlo, al menos no en esta vida. Al menos, no hasta estar muerto.

BUM BUM

BUM

BUM

-Vas a morir, asesino de mierda – le espetó en el oído Félix antes de empujarle violentamente hacia delante.

El chico no pareció extrañarse de que el guardia conociese su culpa. Al fin y al cabo, estaba convencido de que llevaba su pecado pintado en la cara, de forma que todos pudiesen verlo.

Le costó subir las escaleras. Al fondo, una puerta de madera. Una luz brillante le hizo recordar la metáfora de la vida y de la muerte.

Al salir la luz le cegó por completo un momento antes de que un pitido histérico y doloroso remitiera para oír los gritos de la enfurecida turba.

– ¡ASESINO! ¡ASESINOOOOO!

El joven los miró sin poder creérselo. ¿Tan querida era ella? Un hombre con una toga negra y un enorme mazo de madera lo miró desde las alturas. Los guardias empujaron al chico al otro lado de una mesa de madera y se pusieron justo detrás de él.

No había abogados, ni fiscales ni tribunales. Sólo rostros de mujeres y hombres  que chillaban enloquecidos “¡ASESINO! ¡ASESINO!!!!!”

De pronto él recordó que llevaba un par de minutos sin respirar. No se atrevió a mirar a su juez, sino que se quedó completamente concentrado en la turba, ignorando sus gritos y esperando el dulce final. Le sorprendió ver a un hombre, completamente tranquilo, con sus ojos oscuros y penetrantes mirándole directamente. Tenía una pinta realmente maquiavélica y al chico, lo que más le sorprendió, fue la cicatriz que cortaba sus labios de forma vertical a un lado de su rostro.

-¡ASESINO!

– ¡Silencio! – impuso orden el hipócrita juez – Estamos aquí reunidos bajo la gracia de Su Majestad Edward Croisovert para juzgar a este asesino de mujeres y desecho de la sociedad.  – entonces se quedó mirando al patidifuso preso antes de fruncir la nariz e increparle – ¿cómo se declara el acusado?

 

El joven no pudo contestar. Estaba paralizado por el miedo. En shock. Su corazón ya no palpitaba. Miró al fondo de la sala. El hombre de la cicatriz sonrió con maldad.

-No…

-¡CULPABLE! ¡CULPABLE! ¡CULPABLE! ¿Cómo te atreves a faltarle el resto a este tribunal y a la inteligencia de sus miembros mintiendo de esa forma tan descarada? ¡¡¡TENEMOS TU CONFESIÓN!!!

 

El joven tembló un momento. Sí, es cierto que podía haber dicho algo estando inconsciente y el hecho de que hubiese huido a esa velocidad eran pruebas más que suficientes.

 

– Por lo general, en estos casos la pena que se impone es la muerte por la horca. No queremos compartir nuestra vida ni nuestra sociedad con carroña como tú – espetó de forma grandilocuente el juez, dirigiéndose a la turba como si fuesen sus admiradores en el teatro – Pero hoy me siento magnánimo.

 

-¡BUUUUHHH! ¡BUUUHHH! ¡ABAJO! – abucheaba la gente.

-No tendremos que compartir nuestra vida, nuestro cielo ni nuestra sociedad con gente como tú. Pero no te otorgaremos el descanso del sueño y de la muerte.  – y con una pausa dramática, golpeó cuatro veces el mazo sobre la superficie de madera antes de añadir – Yo, Jules Abalde Terrmen, por el poder que me ha sido conferido por la gracia de Su Majestad, Edward primero de su nombre, descendiente de la dinastía de los Croisovert y por tus cargos de asesinato, te condeno a ser reducido a la vida de un esclavo.

 

El chico por un momento cambió su expresión.

BUM

No iba a morir.

BUM

No iba a… Iban a…

El terror invadió su rostro. La turba gritaba de éxtasis. ¡SÍ! ¡ESCLAVÍZALO! ¡MUERTE AL ASESINO! ¡MUERTE!

El joven vio cómo los soldados avanzaban frente a él. Un asistente traía una horrible y lapidaria cajita de madera al estrado.

– ¡NO! – gritó desesperado – ¡NO! ¡ESPERAD! ¡NO!

 

Los hombres lo agarraron firmemente y cuando este se revolvió para quitárselo de encima, le golpearon con fuerza en la sien, sobre su contusión reciente. Las piernas se le desconectaron por un momento y se le doblaron las rodillas. Le habían quitado los grilletes y le sujetaban con fuerza las muñecas a la mesa de madera.

El chico tiró y tiró con todas sus fuerzas. Las lágrimas acudieron a sus ojos. El terror se deslizó empapado en un sudor frío por su frente. De pronto su cerebro empezó a funcionar a toda velocidad. Su cuerpo generó más adrenalina de la que podía tomar.

– ¡PREFIERO LA MUERTE! – gritó desesperado – ¡PREFIERO LA MUERTE! ¡PREFIERO LA MUERTE! ¡MATADME! ¡POR FAVOR, MATADME!

 

Pero nadie le escuchó. Los rostros se volvieron difusos. Los sonidos se distorsionaron. El frío metal que jamás se abría por ningún motivo, se cerró alrededor de sus muñecas, sellando su destino para siempre. Y lo único en lo que pudo pensar el chico antes de volver a sentir su corazón, era que nunca los habría imaginado tan fríos… ni tan pesados.


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